"Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre." .- Platón
domingo, 28 de noviembre de 2010
Carta desde el fondo
domingo, 21 de noviembre de 2010
No soy para nada especial
No me vendieron por un precio especial, ni me compraron para un regalo. No me decoraron con graciosos lacitos o me enfundaron en una caja acolchada como regalo de un gran político. No me vendían en una oferta dos por uno, ni regalaban más munición si me compraban antes de fin de año. No fui objeto de exposición ni el primero (o último) en ser vendido en la tienda. Tenía un mote, pero el resto de mis hermanos también lo tenían. Nos llamaban “Pacificadores”.
Llegue al pequeño comercio de Little Dawnwood desde el almacén de mi fábrica natal en alguna parte del estado de Carolina del Norte. En la diligencia compartía espacio con tomates, patatas, herramientas de minero y un curioso saxofón.
Ya en la tienda no tuve, como bien dije anteriormente, de ser expuesto al público. Pero tras cinco hermanos míos fui finalmente recogido de mi oscuro retiro en el fondo de la caja en la que fui embalado, transportado y depositado desde la fábrica para ser vendido.
Mi dueño era un anciano granjero. Había ganado en el juego y la idea de tener un arma propia podía hacerse realidad. Me eligió no por mi calidad, ni precisión, ni precio. Sencillamente porque era el que más había oído en boca de amigos. Fui vendido (ahora mismo no recuerdo la cantidad, pero creo que por lo menos mi precio era respetable) y, ya que mi nuevo amo no disponía de tanto dinero, incrustado en su pantalón al indisponer de cartuchera.
De vuelta en la granja, mi amo me uso torpemente para intentar derribar unas latas. A una acerté de lleno, tras cuatro disparos, y tengo la certeza de que fue de casualidad, pero mi anciano amo se dio por satisfecho con su puntería. Esa misma tarde me guardo en un pequeño baúl junto a algunos recuerdos suyos de infancia.
Durante unas semanas pensé que me usaría para defenderse de forajidos o bandidos. De esa gente que se quiere aprovechar de la inocencia de un pobre viejo. Pero por entonces yo era aun recién manufacturado, con cinco disparos de experiencia (y un solo acierto) y tenia esas ideas románticas sobre un arma en mi…digamos…cabeza. Un día volvió a abrirse el baúl, la mano anciana me sostuvo de nuevo y con ella salí de la casa. Mi amo descerrajo el último disparo de mi tambor contra un grupo de cuervos que picoteaban su siembra. Como no, fallo.
Enfadado por no recordar la cantidad de balas que disponía, mi amo me lanzó furiosamente contra el suelo. No fue un duro golpe ya que la tierra, recién escarbada, era blanda. Me volvió a recoger y entramos en casa. Allí me limpio, me recargó con unas balas compradas el mismo día que yo y de nuevo al baúl.
En esta ocasión pasaron tres meses hasta que se volvió a abrir el cofrecito. Pero la mano que me agarró era bastante más joven, pero no tanto como para ser de un adolescente. Por la conversación en la que me vi envuelto descubrí que aquella mano era del nieto del granjero, el cual había fallecido de una enfermedad, y ahora, por términos hereditarios, pasaba a su propiedad.
Mi nuevo amo me sacó de aquella casa que podría llamar la de mi infancia. Me revisó como a un profesional, me volvió a limpiar y, esta vez, me coloco en una cartuchera (muy usada y vieja pero por lo menos no era un sucio pantalón de granjero). Este nuevo amo me trataba como a un tesoro. En varias ocasiones me sacaba a relucir entre las miradas de sus colegas y se deleitaba explicando que cosas podía hacer (la mayoría no creo ni yo que de verdad sea capaz de lograr).
Mi amo fue contratado (mejor dicho, fuimos contratados) para proteger a un minero independiente. Había conseguido oro en el río y quería llegar hasta el banco de una gran ciudad evitando posibles asaltos. Una hora después de ponernos en marcha, mi séptimo disparo acertó al minero entre los omóplatos. Es un disparo del cual no me siento nada orgulloso.
Al llegar a la ciudad más cercana (que vaya casualidad, se trataba de Little Dawnwood, de nuevo) mi amo enfilo de cabeza el viejo Saloon donde, sin ningún problema al enseñar la bolsa de oro, obtuvo una plaza en la mesa del póker. No sé nada de este juego tan extendido por el país, pero si de una cosa sabía era del rápido ritmo en el cual menguaba esa bolsa de oro. Finalmente, como sospechaba, mi amo quedo con las manos vacías. Así que la última apuesta sería yo. Una preciosa escalera de color me hizo cambiar de dueño. Esté, un tahúr elegante y algo apuesto, no se molesto en revisarme lo más mínimo. Comprobó rápidamente que mi martillo funcionará y que aún quedaba al menos una bala en el tambor. Tras esto me introdujo en el cajón de la mesa de juego.
Mi estancia esta vez fue de tres días. En ocasiones se abría el cajón cuando la mano de amo buscaba alguna ficha perdida, el pañuelo o quería depositar algo de calderilla. Tras estos tres días, el cajón fue abierto rápidamente y la mano firme y segura de mi tercer amo se abalanzó sobre mi culata. Salí rápidamente a la luz y, antes de ser efectuado mi octavo disparo en vida, vi apuntándome uno de mis hermanos. Su dueño cayó violentamente sobre otra de las mesas del bar seguido por este hermano mío. Me sentía lleno de adrenalina. Esto era en lo que soñaba. Duelos a muerte entre varias personas. Mi amo parecía seguro y rápido conmigo en la mano y estaba impaciente por descargar mis cuatro balas restantes.
Aún resoplaba el humo del disparo cuando noté que los fuertes dedos de mi amo dejaban lentamente de asirme. Alguien le había clavado un cuchillo a mi actual amo por la espalda y se desplomaba al suelo. Un minuto más tarde, aprovechando la confusión posterior a la pelea, mi cuarto amo me agarró con manos temblorosas.
Se trataba de un mejicano endeble, tímido y asustadizo. Pero no se cansaba de mirarme y se creía envalentonar cuando me sostenía. Comentaba a solas como su terrible hermano mayor le explotaba de sobremanera en la carga y descarga de diligencias. Quizás fue él quien me descargo a mi llegada a Little Dawnwood.
En efecto, el hermano era terrible. Le conocí esa misma noche, solo una hora después de adquirir nuevo dueño. Era feo de rostro, de cuerpo ancho no por músculo sino por grasa pero seguramente asustaba al resto de los humanos. Tenía un poblado bigote negro. Discutieron mezclando palabras de dos idiomas hasta que mi cuarto amo me sacó a la luz de detrás de su mal trenzado poncho de colores chillones. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que el hermano no se amedrentaba ante mi letal presencia.
La mano grande y velluda de este hermano se acerco a mi cañón mientras notaba como a mi dueño le temblaban las manos por los nervios de la situación. Efectué mi noveno disparo y derribe a un hombre de más de cien kilos con un agujero en el pecho. Mi dueño, corroído por la culpa de su reciente acto, agarró algo de dinero de un jarrón sin flores y salió corriendo.
Little Dawnwood limita a veinte kilómetros con los desiertos del Oeste. No sé exactamente por qué en esa dirección, seguramente intentará mi amo llegar a México para evitar la justicia norteamericana. De todas maneras con una pistola y dinero no se puede comprar o robar agua en un lugar donde no la hay. Pensaba que mi amo moriría de sed en un par de días pero no fue así. La partida de jinetes que salieron tras este asesino de Little Dawnwood nos alcanzaron un atardecer, acribillaron (sin respuesta de mi parte por la rapidez del asalto) a mi amo y caí rodando y rebotando en la seca tierra hasta el lecho seco de un arroyo.
Esa misma noche la pasé recordando hasta la fecha mis actuaciones. Al volver a aparecer el sol, cambié el hilo de mis pensamientos mirando hacia mi futuro. ¿Me corroería hasta la eternidad? ¿Pasaría a formar parte de la estructura del nido de alguna criatura del desierto? ¿Volvería la suerte a proporcionarme un nuevo amo? Si a la última. La casualidad o el destino o lo que sea eso que hace que ocurran cosas improbables acercó a mi segundo dueño hasta el arroyo seco.
Se le veía mal. Desaliñado. Al perder todas sus posesiones en la relatada partida vagó por la ciudad y sus alrededores sin sitio a donde ir. Al igual que el hermano fratricida, se encaminó en el desierto con incierto objetivo de destino. Tampoco pensó en cargar con agua y se encontraba tan seco que ni el espantoso calor le producía ya sudor alguno.
Al verme sonrió como si de agua me tratase ¿Creía que era un espejismo? ¿Pensaría beberme? Me agarró a dos manos pero en dirección opuesta a la que aconseja mi manual de instrucciones. Antes que pudiera pensar en el porqué, el décimo tiro salió raudo de mi tambor, atravesó el cañón e impactó con desagradable resultado en el rostro de mi segundo y quinto amo. Al caer al suelo soltado por las manos ahora inertes, un undécimo disparo rompió el sonido neutro del desierto.
Los buitres y chacales e insectos variopintos no tardaron en llegar a despojar a mi último amo de su propia carne. Yo contemplaba silencioso y banal para la fauna este espectáculo tan grotesco. Pero los reflejos que el sol hacía sobre los pocos milímetros cuadrados de mi superficie aun no manchados por el polvo llamarón la atención de una de estas carroñeras aves. Me picoteo en una búsqueda por averiguar qué tipo de objeto era. Eran tan fuertes estos picotazos que uno de ellos, casualmente de buena presión y en el lugar preciso, me reactivo y lanzo mi undécimo proyectil contra la masa de criaturas que devoraban el cadáver de mi amo.
Herí a un chacal en una de sus patas y el sonido ahuyentó a todo aquello que tuviera piernas (mi amo por supuesto que no, ya le habían devorado las suyas). De nuevo solo, pensé que el sonido de mis tres últimos disparos tendría que haber llamado la atención de algún otro humano que rondará en las cercanías. Le espere durante tres días pensando qué tipo de persona sería este nuevo dueño, que rostro tendría, para que me utilizaría y que aventuras me esperaban aun.
Al decimoctavo día conseguí concienciarme de que de esta ya nada me sacaría. El polvo se acumulaba fuera y dentro de mis piezas más precisas y de ser encontrado por alguien no creo que quisiera recogerme por la inutilidad que presentaba.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Sacra Terra
Si a esto lo llamaban Tierra Sagrada no querían imaginar que debería ser el infierno. Lo más parecido a vegetación que habían visto fue una famélica palmera harán ya tres días desde que partieron de Jerusalén.
Para el monje capitán Gonzalo de Castillo no se diferenciaba mucho de su Almería natal pero para los diez napolitanos que le acompañaban a pie era un suplicio que no cesaban de lamentar.
- ¿Et…la idea di un…ciclo di terra?- comentó Urdino Mazzeratto.- Es una qualcosa multi…molto strano…
Gonzalo solicitó arqueros para cumplir con su misión. Una compañía de alabarderos tenía efecto para frenar embestidas de caballería e infantería. Pero para atacar a los pequeños grupos de asaltantes y bandidos del camino se consideraba una compañía pesada, lenta y ruidosa. Gonzalo asintió a Urdino al igual que asintió a su maestre superior cuando le negó los arqueros solicitados.
Al italiano le encantaba hablar. Chapurreaba un idioma propio que mezclaba palabras del italiano, castellano y del latín. Gonzalo no rechazaba su verborrea incesante, únicamente se limitaba a asentir en ocasiones y a ayudar a Urdino con alguna palabra que no conseguía pronunciar.
Aquella noche decidieron acampar en lo alto de una pequeña elevación junto al camino. Desde lo alto se contemplaba un pequeño valle que conservaba el desecado lecho de un rio.
- Urdino- comento Gonzalo al italiano.- Hoy no se puede encender una hoguera. Hay bandidos por aquí. Organiza una guardia.
- ¿Bansdidos?- comentó Urdino intentando identificar la palabra. Gonzalo no hablaba italiano así que se comunicaba en castellano pero hablando lento y muy vocalizado.- ¡Ah, banditi! Comprendere. No hoguera di fuoco. Guardias per la notte. Concordare.
Ató su corcel a un risco. Desenroscó su manta y se agazapó en una pequeña cavidad para dormir. En su mano derecha sostenía, oculta bajo la manta, un hacha. Aunque se habían pagado bien a los mercenarios no confiaba en gente sin valores más allá del oro. De todas maneras tenía la certeza que antes se matarían entre ellos, deseaban su caballo y los diez italianos no podían montarlo al mismo tiempo.
El suelo de la pequeña gruta era de arena fina y durante varios minutos Gonzalo se revolvía en ella buscando amoldarla a la forma de su cuerpo y, además, ganar algo de espacio entre la piedra. Su movimiento cesó al notar un pinchazo sobre sus riñones. Al girarse para comprobar que le molestaba descubrió la forma de una costilla. Ante este descubrimiento, y tras un instante de reflexión, le venció la curiosidad y comenzó a excavar en la arena y retirarla de la cavidad. Una vez desenterrado el cadáver se dio cuenta que los huesos de las manos se encontraban extrañamente taladrados.
La arena había preservado sus últimas posesiones en vida: una placa de madera con la palabra INRI y una corona de espinas en torno al cráneo.
Antes de poder articular palabra, un grito de guerra italiano sonó tras el asombrado Gonzalo. Flechas incendiarias subían desde el fondo del valle y caían en el campamento.
- ¡Signore!.- alcanzó a oír a Urdino entre la confusión. Un italiano cayó al suelo con una flecha en la cabeza. - ¡Atachan a nosotros!
Las alabardas nada tenían que hacer contra un enemigo situado a la distancia e invisible. Gonzalo, observando anonadado la lluvia de saetas y viendo como sus hombres terminaban cayendo por impacto de las mismas tomo una resolución.
Se desprendió de su jubón y le prendió fuego con una de las flechas encendidas del suelo. Acto seguido introdujo la tela en llamas dentro de la cavidad donde aumentaron las llamas.
La compañía salió de la elevación por el lado inverso al que recibían el ataque. Muchas cosas se quedaron atrás, entre ellas la propia montura del caballero. Pero al amanecer del día siguiente se encontraban lejos del lugar y sin rastro de ser perseguidos. Urdino se acercó a preguntar a Gonzalo.
- Signore Gonccalo…- musitó.- ¿Qué quiemo en la notte?
- Un icono, por el que se han matado muchos hombres.- Gonzalo lo dijo lo suficientemente rápido para que esta vez, Urdino, no se enterará.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Que no cunda el pánico
Schrei
martes, 16 de noviembre de 2010
Probabilidad
Philip Glass Ensemble – Pruit Igoe & PropheciesAunque sabíamos perfectamente que esta era una de las posibilidades, parece que el capitán pensó solo en una, y por ello, quizás fuera la persona más afectada por aquel resultado. La comunidad científica a bordo del crucero “Platón” calló al igual que hizo nuestro comandante cuando los datos de la computadora se reflejaron, nítidos, claros y precisos, sobre la gigantesca cristalera del puente de mando. El silencio respetuoso, deprimente y sepulcral se rompió por la eléctrica e intermite voz que provenía de los altavoces. El crucero gemelo “Nietzsche”, compañero de viaje desde nuestro origen en Europa, solicitaba confirmación de los estudios que habíamos llevado a cabo. El capitán recobro la compostura y con una voz más seca de lo habitual, confirmó el resultado negativo a su compañero de grado. Y volvió a caer el silencio.
Había sido un viaje de casi nueve años de duración con algunos riesgos, problemas e imprevistos; pero que merecían la pena correr. Ni Ulises, ni Colón, ni Magallanes, ni ninguno de los grandes exploradores tuvieron paseos por jardines para alcanzar sus logros; y ahora nos honrábamos con compararnos a tan grandes nombres.
Aquella noche, en la cena de gala que se había organizado para conmemorar el final del viaje, el capitán volvió a abrir la boca para soltar un profundo discurso con una copa de champagne en la mano y vestido con su mejor uniforme. Escuchamos solemnemente como si a un funeral estuviéramos asistiendo. A nuestro funeral.
Éramos los primeros en recibir los rayos de nada más y nada menos que tres soles al mismo tiempo. Pero en lo hondo de nosotros sabíamos que, en verdad, habíamos fracasado. La estrella, la única y solitaria y pequeña estrella que nos había dado vida durante tantos millones de años ya no nos iba a dar más puesto que la suya propia se apagaba rápidamente. La única oportunidad para el simio bípedo que conquisto los planetas se basaba en una probabilidad puramente matemática que había que explorar. Pero en Alfa Centauri…no había planetas.
Pie de Foto: General Bel Riose
lunes, 15 de noviembre de 2010
Bohemio
El Poeta Genial
Se malvenido a mis rimas
Luchare por imponer mi idea
Sobre la de cualquier crítico mortal
Porque mi palabra es afilada
Porque mi ley es la que quiero mostrar.
Llamarme arte, cabrones,
Porque arte es lo que os voy a dar.
Porque arte mi madre me quiso llamar
Pero poeta quedaba más espectacular
Me crees un egoísta
Me crees ególatra sin final
Beso en tus versos, cariño
A palabras no me podrás derrotar
Me pides que cree para tus ojos
Me pides que cree para poder disfrutar
Me pides a mí, al que llamas egoísta
Me pides que te escriba, que te escriba mil palabras más
¿Lo disfrutas leyendo?
¿Lo disfrutas una vez más?
¿Lo has recortado para tu cuarto?
¿A qué amigo se lo vas a enseñar?
Hasta aquí mi prosa te concedo
Divúlgala de principio a final
Cántasela a tu alma gemela
Pero recuerda quien la hizo original.
Yo
El poeta.
Genial.
