lunes, 28 de noviembre de 2011

Akbar



- Jodeeeeeeeeeeeeeer .- Smith alarga ese E todo lo que las reglas no escritas de la blasfemia permiten. Quizás incluso un poco más. - Jodeeeeer.

Si no me han bastado los dos improperios repetidos aun puedo fijarme en su pose, tapándose los ojos con ambas manos y agachado en cunclillas, para darme cuenta de que el descubrimiento no termina de ser de su agrado.

- En serio, Williams, ¿qué es esto? .- me dice ahora señalándome lo evidente.

- Pues lo que esta viendo. Unos...

- ¿Son reales? .- me interrumpe.

- Ya le dije que si. Hicimos pruebas antes de avisarle y las hemos estado repitiendo esta semana mientras llegaba. Materia orgánica al cien por cien.

- ¿Y...y...y que hacen aquí? Es decir, ¿Porque?

Pobre Dr. Smith, (bueno, de doctor poco y de pobre menos, que él tienen sueldo y residencia de Cónsul Británico). Aun agachado, a separado los dedos de las manos para por lo menos tener una visión directa de los restos.

- Hágame un informe escueto, ahora.- dice recuperando en parte su compostura.

- Si señor. Llegamos a Al-Sardeen con la Expedición Cambridge-Stevenson para estudiar los indicios de unas ruinas religiosas de la VIII Dinastía. Tras dos meses de excavación bastante infructuosa, los peones encargados de la novena cuadrícula dan con los primeros restos superficiales del hallazgo. Tras desenterrar la mayor parte y hacer una...catalogación aproximada, cursamos la solicitud para que se acercará a ver esto.

Smith no parece que me oiga, ya ha liberado su estirada cara inglesa de sus manos y mira fijamente el hueco de la excavación. Finalmente dice:

- ¿ Datación?

- Inconcluyente .- respondo con los deberes hechos.- Los restos en su alrededor son de la VIII Dinastía como la mayor parte de la excavación. Pero el estrato es más reciente, quizás de época Ptolemaica. Y por el grado de descomposición orgánico...de varios cientos de miles de años.

- ¿Alguna teoría?

Como esperaba esa frase. El caballero "Smith" apodado "no hago trabajo de campo pero luego me quedo con las teorías de mis excavadores y con su gloria".

- Quizas fuesen encontrados por Neferkaura y exhibidos con connotación religiosa hasta que Ptolomeo o Alejandro llegará y volviera a enterrarlos en la arena.

- Justo lo que estaba pensando yo.

Ya empezamos.

Unos peones pasan cerca del agujero. Miran en su interior, realizan un extraño gesto con la mano y nos gritan, a la vez que señalan los restos:

- ¡Akbar! ¡Akbar!

- ¿ Qué dicen?.- pregunta Smith.

- ¿No es obvio? .- respondo.

Una brisa mueve ligeramente la arena al rededor del yacimiento. Mi mirada queda suspendida en una de las cuencas de la calavera donde el viento deposita granos y granos de tierra. Una cuenca grande para un gran ojo. Un ojo humano. Un ojo tan grande como mi puño.





domingo, 27 de noviembre de 2011

El jinete tuerto



- La granja Kovoroski es justo aquella junto esos árboles .- comento la niña a la vez que señalaba con su mano la dirección.

Matei escudriñaba a través de su único ojo la silueta del sencillo edificio que le indicaban. Se trataba de una construcción típica de la zona. Materiales sencillos pero resistentes. Quizás una o dos estancias. La presencia humana en el interior era revelada por el hilo de humo que salía de la chimenea.


El soldado siguió observando la granja desde su caballo incluso cuando la pequeña muchacha había vuelto a girarse hacia él y esperaba alguna respuesta.

- Agarra el caballo .- dijo el militar mientras desmontaba, con su voz carrasposa y oxidada por la edad.- Te daré cinco monedas si lo sostienes aquí mientras yo me acerco a la granja. Tres ahora y dos cuando venga a recogerlo. Será solo un momento.

La niña, temerosa, se acerca a la cabeza del animal. El poderoso equino de guerra, resoplando un vaho extenso y ruidoso, no parece estar por la labor de abandonar a su dueño. Pero a su dueño le basta mirarle de ojo a ojo durante una fracción de seguro para convertir a una poderosa máquina de guerra en un dócil cachorro.

Domado el caballo, Matei ajusta sus pertenencias en la silla de montar y dejando atrás a la muchacha se encamina con paso firme hacia la granja.

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Matei cierra lentamente tras de si la pequeña verja que circunda el edificio. Con una mano afloja las ligaduras de la capa que tiene echada sobre la coraza. Con la otra mano tienta el pomo de su daga para recordarse su exacta situación en el cinto.

La puerta de la granja se abre lentamente pero de manera continua. En la oscura y fría estancia, a parte de unos pocos y rudimentarios muebles, hay un lecho de pieles en el que yacen un hombre de poblada barba y largo pelo negro, así como una mujer mayor de gran volumen. Ambos desnudos. Ambos mirando aterrorizados la figura de Matei en el quicio de la puerta.

Dos palabras bastan al soldado para que la mujer recoja sus trapos y, sin ni siquiera darse un segundo para vestirse, salga al frió exterior de la mañana esteparia.

Matei desenvaina una brillante espada y con ella se acerca precavidamente ante el hombre de la barba oscura. A un par de pasos de encontrarse, el soldado habla:

- Andrei Kovoroski Kovorivich. Soy el General Matei Mateovich. ¿Me reconoce?.

El aterrorizado hombre aun sobre las pieles asiente torpemente.

- Esta declarado desertor de los ejércitos del zar y traidor al pueblo.- continuó Matei.- Tengo pruebas que demuestran su colaboración con el enemigo. ¿Tiene algo que decir?

- ¡Me declaro in...! .- las palabras repentinas de Andrei son silenciadas por 45 centímetros de acero atravesando su tórax. Tras unas bocanadas sin oxígeno pero con sangre, el corazón de Andrei deja de latir.

Desensartado el cadáver, el soldado agarra su daga del cinto y con ella se agacha sobre el cuerpo inerte del hombre con barba.

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Matei llega hasta su montura. En tan poco espacio de tiempo se ha levantado viento con nieve y el animal se siente intranquilo.

- Señor, tiene sangre en la coraza .- señala la muchacha.

Tras montar sobre el caballo, Matei introduce una de sus manos en el petate y saca tres monedas que le entrega a la chica, una más que lo prometido.

A galope firme y vivaz, Matei se aleja de la pequeña aldea hacia los árboles del bosque.

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La mujer estrecha entre sus brazos a la pálida niña que ahoga los sollozos en los ropajes de la señora. El suelo de la granja se encuentra lleno de sangre. Al cuerpo de Andrei le faltan los dos ojos, extirpados de sus cuencas. Uno de ellos aparece inmóvil sobre la tosca mesa.

Del otro no hay rastro.