lunes, 28 de noviembre de 2011

Akbar



- Jodeeeeeeeeeeeeeer .- Smith alarga ese E todo lo que las reglas no escritas de la blasfemia permiten. Quizás incluso un poco más. - Jodeeeeer.

Si no me han bastado los dos improperios repetidos aun puedo fijarme en su pose, tapándose los ojos con ambas manos y agachado en cunclillas, para darme cuenta de que el descubrimiento no termina de ser de su agrado.

- En serio, Williams, ¿qué es esto? .- me dice ahora señalándome lo evidente.

- Pues lo que esta viendo. Unos...

- ¿Son reales? .- me interrumpe.

- Ya le dije que si. Hicimos pruebas antes de avisarle y las hemos estado repitiendo esta semana mientras llegaba. Materia orgánica al cien por cien.

- ¿Y...y...y que hacen aquí? Es decir, ¿Porque?

Pobre Dr. Smith, (bueno, de doctor poco y de pobre menos, que él tienen sueldo y residencia de Cónsul Británico). Aun agachado, a separado los dedos de las manos para por lo menos tener una visión directa de los restos.

- Hágame un informe escueto, ahora.- dice recuperando en parte su compostura.

- Si señor. Llegamos a Al-Sardeen con la Expedición Cambridge-Stevenson para estudiar los indicios de unas ruinas religiosas de la VIII Dinastía. Tras dos meses de excavación bastante infructuosa, los peones encargados de la novena cuadrícula dan con los primeros restos superficiales del hallazgo. Tras desenterrar la mayor parte y hacer una...catalogación aproximada, cursamos la solicitud para que se acercará a ver esto.

Smith no parece que me oiga, ya ha liberado su estirada cara inglesa de sus manos y mira fijamente el hueco de la excavación. Finalmente dice:

- ¿ Datación?

- Inconcluyente .- respondo con los deberes hechos.- Los restos en su alrededor son de la VIII Dinastía como la mayor parte de la excavación. Pero el estrato es más reciente, quizás de época Ptolemaica. Y por el grado de descomposición orgánico...de varios cientos de miles de años.

- ¿Alguna teoría?

Como esperaba esa frase. El caballero "Smith" apodado "no hago trabajo de campo pero luego me quedo con las teorías de mis excavadores y con su gloria".

- Quizas fuesen encontrados por Neferkaura y exhibidos con connotación religiosa hasta que Ptolomeo o Alejandro llegará y volviera a enterrarlos en la arena.

- Justo lo que estaba pensando yo.

Ya empezamos.

Unos peones pasan cerca del agujero. Miran en su interior, realizan un extraño gesto con la mano y nos gritan, a la vez que señalan los restos:

- ¡Akbar! ¡Akbar!

- ¿ Qué dicen?.- pregunta Smith.

- ¿No es obvio? .- respondo.

Una brisa mueve ligeramente la arena al rededor del yacimiento. Mi mirada queda suspendida en una de las cuencas de la calavera donde el viento deposita granos y granos de tierra. Una cuenca grande para un gran ojo. Un ojo humano. Un ojo tan grande como mi puño.





domingo, 27 de noviembre de 2011

El jinete tuerto



- La granja Kovoroski es justo aquella junto esos árboles .- comento la niña a la vez que señalaba con su mano la dirección.

Matei escudriñaba a través de su único ojo la silueta del sencillo edificio que le indicaban. Se trataba de una construcción típica de la zona. Materiales sencillos pero resistentes. Quizás una o dos estancias. La presencia humana en el interior era revelada por el hilo de humo que salía de la chimenea.


El soldado siguió observando la granja desde su caballo incluso cuando la pequeña muchacha había vuelto a girarse hacia él y esperaba alguna respuesta.

- Agarra el caballo .- dijo el militar mientras desmontaba, con su voz carrasposa y oxidada por la edad.- Te daré cinco monedas si lo sostienes aquí mientras yo me acerco a la granja. Tres ahora y dos cuando venga a recogerlo. Será solo un momento.

La niña, temerosa, se acerca a la cabeza del animal. El poderoso equino de guerra, resoplando un vaho extenso y ruidoso, no parece estar por la labor de abandonar a su dueño. Pero a su dueño le basta mirarle de ojo a ojo durante una fracción de seguro para convertir a una poderosa máquina de guerra en un dócil cachorro.

Domado el caballo, Matei ajusta sus pertenencias en la silla de montar y dejando atrás a la muchacha se encamina con paso firme hacia la granja.

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Matei cierra lentamente tras de si la pequeña verja que circunda el edificio. Con una mano afloja las ligaduras de la capa que tiene echada sobre la coraza. Con la otra mano tienta el pomo de su daga para recordarse su exacta situación en el cinto.

La puerta de la granja se abre lentamente pero de manera continua. En la oscura y fría estancia, a parte de unos pocos y rudimentarios muebles, hay un lecho de pieles en el que yacen un hombre de poblada barba y largo pelo negro, así como una mujer mayor de gran volumen. Ambos desnudos. Ambos mirando aterrorizados la figura de Matei en el quicio de la puerta.

Dos palabras bastan al soldado para que la mujer recoja sus trapos y, sin ni siquiera darse un segundo para vestirse, salga al frió exterior de la mañana esteparia.

Matei desenvaina una brillante espada y con ella se acerca precavidamente ante el hombre de la barba oscura. A un par de pasos de encontrarse, el soldado habla:

- Andrei Kovoroski Kovorivich. Soy el General Matei Mateovich. ¿Me reconoce?.

El aterrorizado hombre aun sobre las pieles asiente torpemente.

- Esta declarado desertor de los ejércitos del zar y traidor al pueblo.- continuó Matei.- Tengo pruebas que demuestran su colaboración con el enemigo. ¿Tiene algo que decir?

- ¡Me declaro in...! .- las palabras repentinas de Andrei son silenciadas por 45 centímetros de acero atravesando su tórax. Tras unas bocanadas sin oxígeno pero con sangre, el corazón de Andrei deja de latir.

Desensartado el cadáver, el soldado agarra su daga del cinto y con ella se agacha sobre el cuerpo inerte del hombre con barba.

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Matei llega hasta su montura. En tan poco espacio de tiempo se ha levantado viento con nieve y el animal se siente intranquilo.

- Señor, tiene sangre en la coraza .- señala la muchacha.

Tras montar sobre el caballo, Matei introduce una de sus manos en el petate y saca tres monedas que le entrega a la chica, una más que lo prometido.

A galope firme y vivaz, Matei se aleja de la pequeña aldea hacia los árboles del bosque.

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La mujer estrecha entre sus brazos a la pálida niña que ahoga los sollozos en los ropajes de la señora. El suelo de la granja se encuentra lleno de sangre. Al cuerpo de Andrei le faltan los dos ojos, extirpados de sus cuencas. Uno de ellos aparece inmóvil sobre la tosca mesa.

Del otro no hay rastro.







domingo, 28 de noviembre de 2010

Carta desde el fondo

"Querido compañero:

Te escribo desde el fondo de un agujero. Te escribo desde aquí abajo porque nuevamente he vuelto a caer hasta el fondo.
Te escribo para hablarte de como he llegado aquí. Y también para explicarte porqué aún no he salido.
Anoche lo volví a intentar. Volví a agarrarme a esa escalera que juré que nunca más agarraría. Pero lo hice. Era muy tentadora. Cualquiera me diría que, aun sin ser una escalera excepcionálmente buena, por lo menos tendría su función.
Si, compañero, es esa escalera que una vez casi llega a sacarme del hoyo. Es esa escalera en la cual dejé absolutamente todas mis fuerzas. EN la que me apoyé para ver que fuera del agujero hay luz.
Pero ambos también sabemos que es la escalera cuyos peldaños estaban muy carcomidos. La escalera que, sosteniendo todo mi peso, se desquebrajó cuando estaba en el borde de lo más alto. La escalera que me dejó caer de nuevo al fondo.
Y fue un gran golpe. Un golpe terrible. Un golpe que me partió huesos y alma. Recuerdo estar ahí en el fondo, aún perplejo por la sorpresa de la caída, mirando incrédulo la escalera.
No estaba rota. Estaba integra. ¿ Cómo podía estar integra si el peldaño que pise se partió? Pero ese peldaño volvía a estar impoluto. Y de nuevo la escalera estaba seductóramente apoyada esperando que la usara. Dolorido me alcé y agarre de nuevo la escalera.

Y volvió a desquebrajarse.

Y volví a caer.

Y así lo hice una y otra vez. Porque quizás soy imbécil o soy un retrasado. Porque me costó varias caídas dolorosas darme cuenta de que el escalón siempre estará esperando que me apoye para romperse.

Y cuando lo descubrí me sentía mal. No tenía fuerzas para subir otra escalera. Empecé a ver nuevas escaleras que me ofrecían una salida al exterior. Pero, al igual que esta primera, el resto de escaleras engañan a la vista. Escaleras de madera podrida recubiertas de oro.
He intentado asir los peldaños plateados de refulgentes y firmes escalas. Pero en el centímetro antes de rozarlas, la propia escalera se volvía al cielo dejándome en el hoyo.

He visto escaleras que me prometían una subida rápida y segura. Pero eran escaleras que no me convencían.

Mis amigos, desde fuera del hoyo, siempre me lo comentaban: "No te quejes de estar en el fonde del agujero. Aquí hay una escalera, parece buena, cógela." Pero esa escalera no me convencía. "Claro, tu esperas que aparezca una escalera mecánica. Que te saque rápida y cómodamente".
Me lo decís desde fuera del agujero. Donde ya no se necesita escala alguna. Claro que quiero un jodida escalera mecánica. Peso demasiado para una escalera cualquiera.

Odio el fondo del agujero. Es oscuro, lúgubre. Odio aún mas escuchar el exterior del hoyo, donde hay diversión y alegría, que no alcanzo por muy alto que sea.

Odio las escaleras.

Odio las escaleras que dicen ser de plata y son de hojalata. Las escaleras que juguetean sobre mi cabeza riéndose de mi imposibilidad de alcanzarlas, y de mis ridículos saltos intentando rozar aunque sea su primer peldaño.

Quiero una escalera, pero ya las odio tanto...

Así que aquí me encontrarás. Te saludaré, me veras contento, me veras risueño. Soy así. Pero después de que hayas leído esto, recuerda que por mucha alegría que veas en mi rostro, el resto de mi cuerpo se encuentra en el fondo del pozo.

Querido Jimmy. No hay Escaleras hacia el Cielo."

domingo, 21 de noviembre de 2010

No soy para nada especial


No soy para nada especial. Soy uno de más de una larga serie. Nací un 25 de Octubre del año 1884 como uno más de una gran saga de hermanos. Me manufacturaron como al resto. No tengo errores de fábrica, ni marcas personalizadas, ni golpes, ni mellas. Cargo seis balas en el tambor al igual que lo hacen los doscientos hermanos que comparten mi fecha de nacimiento y los miles que han nacido en la misma factoría.

No me vendieron por un precio especial, ni me compraron para un regalo. No me decoraron con graciosos lacitos o me enfundaron en una caja acolchada como regalo de un gran político. No me vendían en una oferta dos por uno, ni regalaban más munición si me compraban antes de fin de año. No fui objeto de exposición ni el primero (o último) en ser vendido en la tienda. Tenía un mote, pero el resto de mis hermanos también lo tenían. Nos llamaban “Pacificadores”.

Llegue al pequeño comercio de Little Dawnwood desde el almacén de mi fábrica natal en alguna parte del estado de Carolina del Norte. En la diligencia compartía espacio con tomates, patatas, herramientas de minero y un curioso saxofón.

Ya en la tienda no tuve, como bien dije anteriormente, de ser expuesto al público. Pero tras cinco hermanos míos fui finalmente recogido de mi oscuro retiro en el fondo de la caja en la que fui embalado, transportado y depositado desde la fábrica para ser vendido.

Mi dueño era un anciano granjero. Había ganado en el juego y la idea de tener un arma propia podía hacerse realidad. Me eligió no por mi calidad, ni precisión, ni precio. Sencillamente porque era el que más había oído en boca de amigos. Fui vendido (ahora mismo no recuerdo la cantidad, pero creo que por lo menos mi precio era respetable) y, ya que mi nuevo amo no disponía de tanto dinero, incrustado en su pantalón al indisponer de cartuchera.

De vuelta en la granja, mi amo me uso torpemente para intentar derribar unas latas. A una acerté de lleno, tras cuatro disparos, y tengo la certeza de que fue de casualidad, pero mi anciano amo se dio por satisfecho con su puntería. Esa misma tarde me guardo en un pequeño baúl junto a algunos recuerdos suyos de infancia.

Durante unas semanas pensé que me usaría para defenderse de forajidos o bandidos. De esa gente que se quiere aprovechar de la inocencia de un pobre viejo. Pero por entonces yo era aun recién manufacturado, con cinco disparos de experiencia (y un solo acierto) y tenia esas ideas románticas sobre un arma en mi…digamos…cabeza. Un día volvió a abrirse el baúl, la mano anciana me sostuvo de nuevo y con ella salí de la casa. Mi amo descerrajo el último disparo de mi tambor contra un grupo de cuervos que picoteaban su siembra. Como no, fallo.

Enfadado por no recordar la cantidad de balas que disponía, mi amo me lanzó furiosamente contra el suelo. No fue un duro golpe ya que la tierra, recién escarbada, era blanda. Me volvió a recoger y entramos en casa. Allí me limpio, me recargó con unas balas compradas el mismo día que yo y de nuevo al baúl.

En esta ocasión pasaron tres meses hasta que se volvió a abrir el cofrecito. Pero la mano que me agarró era bastante más joven, pero no tanto como para ser de un adolescente. Por la conversación en la que me vi envuelto descubrí que aquella mano era del nieto del granjero, el cual había fallecido de una enfermedad, y ahora, por términos hereditarios, pasaba a su propiedad.

Mi nuevo amo me sacó de aquella casa que podría llamar la de mi infancia. Me revisó como a un profesional, me volvió a limpiar y, esta vez, me coloco en una cartuchera (muy usada y vieja pero por lo menos no era un sucio pantalón de granjero). Este nuevo amo me trataba como a un tesoro. En varias ocasiones me sacaba a relucir entre las miradas de sus colegas y se deleitaba explicando que cosas podía hacer (la mayoría no creo ni yo que de verdad sea capaz de lograr).

Mi amo fue contratado (mejor dicho, fuimos contratados) para proteger a un minero independiente. Había conseguido oro en el río y quería llegar hasta el banco de una gran ciudad evitando posibles asaltos. Una hora después de ponernos en marcha, mi séptimo disparo acertó al minero entre los omóplatos. Es un disparo del cual no me siento nada orgulloso.

Al llegar a la ciudad más cercana (que vaya casualidad, se trataba de Little Dawnwood, de nuevo) mi amo enfilo de cabeza el viejo Saloon donde, sin ningún problema al enseñar la bolsa de oro, obtuvo una plaza en la mesa del póker. No sé nada de este juego tan extendido por el país, pero si de una cosa sabía era del rápido ritmo en el cual menguaba esa bolsa de oro. Finalmente, como sospechaba, mi amo quedo con las manos vacías. Así que la última apuesta sería yo. Una preciosa escalera de color me hizo cambiar de dueño. Esté, un tahúr elegante y algo apuesto, no se molesto en revisarme lo más mínimo. Comprobó rápidamente que mi martillo funcionará y que aún quedaba al menos una bala en el tambor. Tras esto me introdujo en el cajón de la mesa de juego.

Mi estancia esta vez fue de tres días. En ocasiones se abría el cajón cuando la mano de amo buscaba alguna ficha perdida, el pañuelo o quería depositar algo de calderilla. Tras estos tres días, el cajón fue abierto rápidamente y la mano firme y segura de mi tercer amo se abalanzó sobre mi culata. Salí rápidamente a la luz y, antes de ser efectuado mi octavo disparo en vida, vi apuntándome uno de mis hermanos. Su dueño cayó violentamente sobre otra de las mesas del bar seguido por este hermano mío. Me sentía lleno de adrenalina. Esto era en lo que soñaba. Duelos a muerte entre varias personas. Mi amo parecía seguro y rápido conmigo en la mano y estaba impaciente por descargar mis cuatro balas restantes.

Aún resoplaba el humo del disparo cuando noté que los fuertes dedos de mi amo dejaban lentamente de asirme. Alguien le había clavado un cuchillo a mi actual amo por la espalda y se desplomaba al suelo. Un minuto más tarde, aprovechando la confusión posterior a la pelea, mi cuarto amo me agarró con manos temblorosas.

Se trataba de un mejicano endeble, tímido y asustadizo. Pero no se cansaba de mirarme y se creía envalentonar cuando me sostenía. Comentaba a solas como su terrible hermano mayor le explotaba de sobremanera en la carga y descarga de diligencias. Quizás fue él quien me descargo a mi llegada a Little Dawnwood.

En efecto, el hermano era terrible. Le conocí esa misma noche, solo una hora después de adquirir nuevo dueño. Era feo de rostro, de cuerpo ancho no por músculo sino por grasa pero seguramente asustaba al resto de los humanos. Tenía un poblado bigote negro. Discutieron mezclando palabras de dos idiomas hasta que mi cuarto amo me sacó a la luz de detrás de su mal trenzado poncho de colores chillones. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que el hermano no se amedrentaba ante mi letal presencia.

La mano grande y velluda de este hermano se acerco a mi cañón mientras notaba como a mi dueño le temblaban las manos por los nervios de la situación. Efectué mi noveno disparo y derribe a un hombre de más de cien kilos con un agujero en el pecho. Mi dueño, corroído por la culpa de su reciente acto, agarró algo de dinero de un jarrón sin flores y salió corriendo.

Little Dawnwood limita a veinte kilómetros con los desiertos del Oeste. No sé exactamente por qué en esa dirección, seguramente intentará mi amo llegar a México para evitar la justicia norteamericana. De todas maneras con una pistola y dinero no se puede comprar o robar agua en un lugar donde no la hay. Pensaba que mi amo moriría de sed en un par de días pero no fue así. La partida de jinetes que salieron tras este asesino de Little Dawnwood nos alcanzaron un atardecer, acribillaron (sin respuesta de mi parte por la rapidez del asalto) a mi amo y caí rodando y rebotando en la seca tierra hasta el lecho seco de un arroyo.

Esa misma noche la pasé recordando hasta la fecha mis actuaciones. Al volver a aparecer el sol, cambié el hilo de mis pensamientos mirando hacia mi futuro. ¿Me corroería hasta la eternidad? ¿Pasaría a formar parte de la estructura del nido de alguna criatura del desierto? ¿Volvería la suerte a proporcionarme un nuevo amo? Si a la última. La casualidad o el destino o lo que sea eso que hace que ocurran cosas improbables acercó a mi segundo dueño hasta el arroyo seco.

Se le veía mal. Desaliñado. Al perder todas sus posesiones en la relatada partida vagó por la ciudad y sus alrededores sin sitio a donde ir. Al igual que el hermano fratricida, se encaminó en el desierto con incierto objetivo de destino. Tampoco pensó en cargar con agua y se encontraba tan seco que ni el espantoso calor le producía ya sudor alguno.

Al verme sonrió como si de agua me tratase ¿Creía que era un espejismo? ¿Pensaría beberme? Me agarró a dos manos pero en dirección opuesta a la que aconseja mi manual de instrucciones. Antes que pudiera pensar en el porqué, el décimo tiro salió raudo de mi tambor, atravesó el cañón e impactó con desagradable resultado en el rostro de mi segundo y quinto amo. Al caer al suelo soltado por las manos ahora inertes, un undécimo disparo rompió el sonido neutro del desierto.

Los buitres y chacales e insectos variopintos no tardaron en llegar a despojar a mi último amo de su propia carne. Yo contemplaba silencioso y banal para la fauna este espectáculo tan grotesco. Pero los reflejos que el sol hacía sobre los pocos milímetros cuadrados de mi superficie aun no manchados por el polvo llamarón la atención de una de estas carroñeras aves. Me picoteo en una búsqueda por averiguar qué tipo de objeto era. Eran tan fuertes estos picotazos que uno de ellos, casualmente de buena presión y en el lugar preciso, me reactivo y lanzo mi undécimo proyectil contra la masa de criaturas que devoraban el cadáver de mi amo.

Herí a un chacal en una de sus patas y el sonido ahuyentó a todo aquello que tuviera piernas (mi amo por supuesto que no, ya le habían devorado las suyas). De nuevo solo, pensé que el sonido de mis tres últimos disparos tendría que haber llamado la atención de algún otro humano que rondará en las cercanías. Le espere durante tres días pensando qué tipo de persona sería este nuevo dueño, que rostro tendría, para que me utilizaría y que aventuras me esperaban aun.

Al decimoctavo día conseguí concienciarme de que de esta ya nada me sacaría. El polvo se acumulaba fuera y dentro de mis piezas más precisas y de ser encontrado por alguien no creo que quisiera recogerme por la inutilidad que presentaba.

Me concentré, saque fuerzas de donde no las había y conseguí mover hacia atrás el gatillo ya con signos de oxidación. El resto fue rápido y sencillo. La duodécima bala no recorrió más de un centímetro tras su punto de origen al trabarse con el polvo y tierras que obstruían el cañón. Al no tener por donde salir, los gases de la detonación encontraron hueco en las fisuras pequeñas que el sol había formado en mi metal por acción de las altas temperaturas a las que estaba sometido. En una explosión de tierra y metal que retumbó por el desierto acabé mi corta vida de revólver.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Sacra Terra



Si a esto lo llamaban Tierra Sagrada no querían imaginar que debería ser el infierno. Lo más parecido a vegetación que habían visto fue una famélica palmera harán ya tres días desde que partieron de Jerusalén.

Para el monje capitán Gonzalo de Castillo no se diferenciaba mucho de su Almería natal pero para los diez napolitanos que le acompañaban a pie era un suplicio que no cesaban de lamentar.

- ¿Et…la idea di un…ciclo di terra?- comentó Urdino Mazzeratto.- Es una qualcosa multi…molto strano…

Gonzalo solicitó arqueros para cumplir con su misión. Una compañía de alabarderos tenía efecto para frenar embestidas de caballería e infantería. Pero para atacar a los pequeños grupos de asaltantes y bandidos del camino se consideraba una compañía pesada, lenta y ruidosa. Gonzalo asintió a Urdino al igual que asintió a su maestre superior cuando le negó los arqueros solicitados.

Al italiano le encantaba hablar. Chapurreaba un idioma propio que mezclaba palabras del italiano, castellano y del latín. Gonzalo no rechazaba su verborrea incesante, únicamente se limitaba a asentir en ocasiones y a ayudar a Urdino con alguna palabra que no conseguía pronunciar.

Aquella noche decidieron acampar en lo alto de una pequeña elevación junto al camino. Desde lo alto se contemplaba un pequeño valle que conservaba el desecado lecho de un rio.

- Urdino- comento Gonzalo al italiano.- Hoy no se puede encender una hoguera. Hay bandidos por aquí. Organiza una guardia.

- ¿Bansdidos?- comentó Urdino intentando identificar la palabra. Gonzalo no hablaba italiano así que se comunicaba en castellano pero hablando lento y muy vocalizado.- ¡Ah, banditi! Comprendere. No hoguera di fuoco. Guardias per la notte. Concordare.

Ató su corcel a un risco. Desenroscó su manta y se agazapó en una pequeña cavidad para dormir. En su mano derecha sostenía, oculta bajo la manta, un hacha. Aunque se habían pagado bien a los mercenarios no confiaba en gente sin valores más allá del oro. De todas maneras tenía la certeza que antes se matarían entre ellos, deseaban su caballo y los diez italianos no podían montarlo al mismo tiempo.

El suelo de la pequeña gruta era de arena fina y durante varios minutos Gonzalo se revolvía en ella buscando amoldarla a la forma de su cuerpo y, además, ganar algo de espacio entre la piedra. Su movimiento cesó al notar un pinchazo sobre sus riñones. Al girarse para comprobar que le molestaba descubrió la forma de una costilla. Ante este descubrimiento, y tras un instante de reflexión, le venció la curiosidad y comenzó a excavar en la arena y retirarla de la cavidad. Una vez desenterrado el cadáver se dio cuenta que los huesos de las manos se encontraban extrañamente taladrados.

La arena había preservado sus últimas posesiones en vida: una placa de madera con la palabra INRI y una corona de espinas en torno al cráneo.

Antes de poder articular palabra, un grito de guerra italiano sonó tras el asombrado Gonzalo. Flechas incendiarias subían desde el fondo del valle y caían en el campamento.

- ¡Signore!.- alcanzó a oír a Urdino entre la confusión. Un italiano cayó al suelo con una flecha en la cabeza. - ¡Atachan a nosotros!

Las alabardas nada tenían que hacer contra un enemigo situado a la distancia e invisible. Gonzalo, observando anonadado la lluvia de saetas y viendo como sus hombres terminaban cayendo por impacto de las mismas tomo una resolución.

Se desprendió de su jubón y le prendió fuego con una de las flechas encendidas del suelo. Acto seguido introdujo la tela en llamas dentro de la cavidad donde aumentaron las llamas.

La compañía salió de la elevación por el lado inverso al que recibían el ataque. Muchas cosas se quedaron atrás, entre ellas la propia montura del caballero. Pero al amanecer del día siguiente se encontraban lejos del lugar y sin rastro de ser perseguidos. Urdino se acercó a preguntar a Gonzalo.

- Signore Gonccalo…- musitó.- ¿Qué quiemo en la notte?

- Un icono, por el que se han matado muchos hombres.- Gonzalo lo dijo lo suficientemente rápido para que esta vez, Urdino, no se enterará.



miércoles, 17 de noviembre de 2010

Que no cunda el pánico

En el primer episodio de la aclamada "Lost", el personaje protagonista de Jack relata al personaje de Kate una curiosa historia. Durante una operación de columna vertebral llevada a cabo por Jack (cirujano) a una paciente infantil, rompe en un descuido un tejido del paciente en una zona delicada. Detalla que en ese momento, toda la zona de operación se lleno de nervios y la paciente entró en una fase critica.
SIendo esta una de las primeras operaciones de Jack, el cirujano entró en pánico ante lo desesperado de la situación. Pero es un profesional; y como tal ha de responder.

"Así que me dije: Ahora voy a contar hasta 5, y cuando llegué a 5 ya no tendré pánico. Uno...dos...tres...cuatro...y cinco."

A continuación tomo las riendas en el asunto, limpió la zona afectada, estabilizo a la paciente, acabo el procedimiento, cerró y logró una intervención muy exitosa.

Mi padre me comentó una vez que se había fijado que solía responder mejor en momentos de crisis. Solía estimular esa faceta con pequeños retos a realizar en tiempo límite. No digo que sea un genio que necesito estar en problemas para reaccionar bien, sino que soy capaz, si cuento hasta 5, de afrontar el reto con seriedad.
Mi sistema es sencillo. Analizar el problema, pensar en vías de solución, explotar esas vías de solución y resolver el problema de la manera mas eficaz.
Me sirvió cuando caí en la zona restringida de la tumba de Napoleón, cuando, como socorrista, me he enfrentado a algunos casos que requerían de mi profesionalidad antes que de mi pánico; me ha servido cuando he visto caer el mundo a mi alrededor o cuando el que caía era yo.

Siempre hay salida

El miedo es bueno, nos protege. El pánico nos deja vulnerables.

Es una grata satisfacción resolver problemas que creías perdidos. Y luego duermes que da gusto.
;)

Schrei

GRITAAAAAAAAAAAAAAAR

Gritar
Gritar
Gritar

Desencajar la mandíbula
y ver la lengua volar

Gritaar

Que con mi grito ofusque
los demás sonidos que te intenten llegar

Que como una onda arrase
personas que solo puedo odiar.

Gritar
Gritar

Transformar mi alarido
en un fuerza descomunal;
en una mano que agarre,
que nada deje soltar.

Y que sienta como de mi garganta,
en vez que los sonidos,
salga sin parar,
todo lo que este jodido mundo,
en un solo grito,
me ha hecho acumular.

Gritar.